martes, 9 de mayo de 2023

ENTRE TORTILLAS Y REFRANES MATERNOS

 

Escrito por: Remedios Pasten
 

Cuántos refranes conocemos o hemos escuchado a lo largo de nuestra vida. No hay persona, creo yo, que no guarde en su mundo cultural una de esas expresiones o sentencias que reflejan cierta sabiduría popular. Muchos de estos proverbios son anónimos, o se han transmitido de generación en generación, pero todos de alguna manera, tienen como fin darnos una enseñanza o mensaje, un consejo, o hacernos reflexionar moral o intelectualmente. 

Recuerdo algunos dichos que decía mi madre, por ejemplo, qué, de la vista nace el amor”, y que, por eso, la comida entra por los ojos. Yo creo que tenía mucha razón, sobre todo cuando la cachaba con las manos en la masa, haciendo sus deliciosas tortillas. Parece que la vuelvo a ver hincada detrás de su metate, a un lado del fogón y atizándole al comal. Jalaba una bolita de masa que ponía en medio de sus manos para luego iniciar un movimiento rítmico de aplausos, y mágicamente, iba transformando la gruesa masa en un círculo delgado, la pasaba de una palma a otra antes de arrojarla al comal, donde esa enorme hostia se convertía en una deliciosa tlaxcalli, entiéndase tortilla en lengua náhuatl.

Mientras la tortilla se cocía de un lado, mi madre repetía el mismo rito de creación, y al arrojar la siguiente tlaxcalli al comal volteaba la anterior. Cuando la tortilla se inflaba de cocida y daba su grito de vida, era señal de que estaba lista para ser envuelta en la servilleta y guardarse en el chiquihuite. Me asombraba esa habilidad de mi madre, y cuando le preguntaba cómo era que le salían tan bien las tortillas me decía, más sabe el diablo por viejo que por diablo.

Esa danza de movimientos y ruidos entre sus manos y luego la explosión de la tortilla cocinada nos despertaba el hambre, perfumaba y alegraba aquella cocina de adobe que tenía como puerta una cobija. Entonces aplicaba eso de que al nopal solo se le arriman cuando tiene tunas, porque todos aparecían para pedir una tortilla calientita con sal o untada con la salsa de molcajete que nunca faltaba en casa, pues comida sin chile no es comida. Las tortillas que preparaba mi madre eran una delicia ¡para chuparse los dedos!

A veces nonatzin, mi querida madre en lengua náhuatl, me ponía a hacer tortillas, pero me salían unos cuadrados vergonzosos, indignos del comal, ni que fueran enchiladas, le decía yo. Entonces se reía y sus ojos brillaban mientras me decía: “¡Enséñate mija! Echando a perder se aprende. Al rato te casas y pues a falta de pan, tortillas”. A mis ocho o diez años no entendía esas frases de mi madre, en esos momentos estaba más concentrada en imitar esa transformación de la bola de masa a delgada oblea. Ante mi constante fracaso me conformaba con hacer las bolitas de ese maíz nixtamalizado para ahorrarle un poco el trabajo a mi madre.

Por muchos años seguimos comiendo kilos de ese delicioso alimento que mi querida madre nos ofrecía diariamente con todo su esfuerzo y cariño, desde la más sencilla y suculenta tortilla con sal, hasta las quesadillas, tostadas, enchiladas o chilaquiles. Afortunadamente para ella y para muchas mujeres, años más tarde aparecieron las tortillerías. Si bien las tlaxcalli de máquina no tenían el mismo sabor que las hechas con las manos amorosas de nonatzin, a todo se acostumbra una, menos a no comer.  

Éramos siete bocas que alimentaba mi madre y que parecían no tener llenadera, por eso los cuatro o cinco kilos de tortilla diaria. A veces, lo más rendidor para sus tragones era preparar unos chilaquiles verdes o rojos con tomate o chile guajillo, unos tacos dorados de papa o frijol, tortillas doradas untadas con frijoles chinitos y salsa, sopa de tortilla o de caldo de frijol. Y si alguien se atrevía a reparar en el menú originario, mi madre indiferente nos decía: “Pues entre menos burros, más olotes. Agradece que tienes algo que comer, qué, a tripa vacía, corazón sin alegría”.

Hoy sigo pensando que mi madre tenía razón, la comida entra por los ojos, baja al paladar y te hace salivar, despierta todos tus sentidos, tus recuerdos, y alimenta las emociones que llevamos dentro. Guardo en la mente esa imagen de mi dadora de vida, su sonrisa de satisfacción después de alimentar a sus tantos hijos, y su frase recurrente, barriga llena corazón contento.