miércoles, 31 de diciembre de 2025

OUTFITS PARA EL BUEN VIVIR

 

Escrito por Azalea Marrufo

Eso de que algo esté limpio, peinado, bien arreglado, organizado y bien combinado se lo dejamos a las ideas, las emociones siempre son expresiones humanas desaliñadas, despeinadas, sin planchar, desestructuradas, revueltas, locas… definitivamente, ninguna emoción es referente de pulcritud o elegancia y sin embargo; a diferencia de las ideas, las emociones básicas, como el miedo, el enojo, la tristeza, el asco, la alegría, la sorpresa, son instintivas, nacemos con ellas y no precisamente con el objetivo de arruinar nuestro sentido de la moda o el buen gusto; sino muy por el contrario como mecanismos potentísimos para revestirnos de buena vida.

Imaginemos la apariencia de la tristeza; en chanclas, con el cabello seboso, sin bañar, en pijama, con mal aliento, tono pálido, ojeras, ritmo de caracol con dolor de rodillas y postura de moco en invierno; hilo viscoso, translúcido, escurrido, que salvo lo absorbamos por la nariz o lo atropellemos con la manga del suéter, llegará al abismo. Es tristísima la apariencia de la tristeza y por supuesto, super desaliñada, pero, qué más da, cuando se está triste, porque siempre sobran motivos, toca ser lágrima, toca ser fantasma, toca ser sombra, toca ser moho en una esquina húmeda y solitaria, toca disolverse, desintegrarse, volverse desagüe, drenaje y hacerse a la mar, para que el ácido dolor que nos atraviesa, se vuelva saladito, alcalino, plancton, sopita nutricia que nos permita volver a evolucionar y aprender que la tristeza en veces es inevitable, pero si aprendemos a transitarla, también pasará y nos trasformará.

En el caso del enojo, qué decir, con su imagen inflamada, desbordada de pelos erizados, sobacos sudados, ojos saltones, dientes pelados, ceño y orto fruncidos, todo en tono rojo a punto de incendiarse. El enojo tiene una fachada realmente intimidante, que ladra, que muerde, que araña, que ¡no des un paso más! porque te despedazará; he de confesar que de entre todas las emociones, ésta es mi favorita, justo porque lo políticamente correcto, lo educado, los modales, las costumbres, la etiqueta, valen madre, se van a la chingada, cuando algo injusto, que nos oprime, nos lastima, nos sabotea, que nos controla ¡nos harta! y decimos ¡basta!; ¡cuánta falta nos hace hartarnos!, encabronarnos, emperrarnos y destrozar, romper, destruir todo lo que nos ata; porque quien se enoja no pierde, sino que gana, gana su libertad, su vida, su tiempo, gana presente, gana futuro, gana esperanza de creer, de saber que no estamos condenadas/os a padecer eternamente lo que nos imponen, que podemos imaginar, soñar y hacer posibles otras realidades.

No voy a hacer aquí el retrato desaliñado de cada una de las emociones nombradas, porque seguro suponen la imagen temblorosa y fuera de foco que nos provoca el miedo; la postura de calcetín volteado del asco; la apariencia de lechuga orejona patidifusa que adoptamos cuando algo nos sorprende o la ruidosa, despeinada y variopinta apariencia guacamayesca que nos da la alegría; seguro que pueden imaginar todas ellas porque sin duda, se dan a notar.

Porque más que su apariencia, que no va a ganar ningún concurso de belleza, lo que ha de importarnos es que cada una de ellas nos permite sentirnos, sentir la vida, saborearla, escucharla y con ello comprender qué hacer o que dejar de hacer, qué decidir, qué gritar, qué acción tomar para trascender eso que duele, ese que oprime, eso que sofoca, eso que sabotea, eso que impide vivir.

Recuperar nuestra emocionalidad, nuestra capacidad de sentir, es como atreverse a revestirse de un outfit muchas veces extravagante, muchas veces desagradable, muchas veces doloroso, pero que cuando nos lo permitimos y nos vemos al espejo podemos identificar qué nos provocó esa apariencia y con ello, empezar a desvestirnos de esas relaciones -familiares, de pareja, de amistad, profesionales, de militancia- que nos quedaron bastante ajustadas o guangas y que desfiguraron nuestra forma ; descalzarnos de esos trabajos que nos explotaron, humillaron y nos sacaron ampollas y soltarnos el pelo de esas costumbres, creencias, reglas, dogmas, ideas que nos oprimieron, engañaron o decepcionaron para quedar al desnudo y con la comodidad necesaria para vivir la vida de la única forma que merece ser vivida: ósea, bien; ósea, chingón; ósea, con pasión, ósea, sin permiso, ósea con ganas, ósea, con sueños, con poesía, con carcajadas, con buena compañía, con gatitos y perritos, con buena música, con cervecita, con carnita asada; con champiñones y nopales pa’la banda vegana; ósea, aunque se despeinen, aunque se frunzan, aunque se desaliñen, nunca dejen de luchar por ser quienes quieren ser y por vivir como quieren y merecen vivir, aunque nunca entren en sociedad, bah! qué más da.


domingo, 28 de diciembre de 2025

La impertinencia de la muerte.


Mi pequeño Sergio, naciste un dos de febrero del año dos mil tres, un problema congénito de corazón marcaría tu andar, tu esperanza de vida nunca fue alta. Tenías un año de edad cuando pasaste un mes en el hospital, pese a todas las limitaciones sobrellevaste la infancia, querías correr, saltar y hacer un montón de cosas que te resultaban imposibles, pero siempre te reponías, eras muy inteligente y cariñoso.


                

        Siempre quise estar más cerca de ti, la distancia, un sinfín de malas decisiones no ayudaron, pero recuerdo esas tardes que pasabas en mi casa, esos recorridos por el centro, Chapultepec, ir al café. Subir a la torre Latinoamericana, ir a comprarte tu primer par de antejos, al ponértelos dijiste, “el mundo se ve más bonito, las nubes más claras, me siento bonito y mareadito.

Los sentimientos se agolpan, hace apenas once días de tu partida, cada recuerdo me sacude y me reconforta. Uno de los que más atesoro es en aquel lejano mayo del 2005, la primera vez que fui a dar al hospital de gravedad, logré recuperarme, el día que me dieron el alta, fuiste el primero que corrió para verme. Tenias dos años, llegaste a mí, abrazaste mis piernas, sentí tu cariño y emoción al verme.

         La vida siguió su curso, siempre te amé, fuiste el hijo que nunca tuve. Significabas tanto en mi vida, por eso en enero del 2017 decidí darte el mejor regalo que en ese momento podía darte, un viaje a Nueva York. Cuando te enseñe el boleto en el celular lloraste de la emoción. 

         Fue lindo viajar contigo, aunque pudo ser mejor, comimos pizza, compramos todos los funkos que quisiste, hace un año me pediste que te llevara de nuevo, pero la muerte nos recuerda que no hay garantía de nada, ese viaje se quedó en el tal vez.

           Entre ese viaje a la actualidad hay ocho años de diferencia, un infarto, la pandemia, muchos silencios entre nosotros, un par de reuniones al año, los mensajes esporádicos, yo inmersa en mis problemas, tú lidiando con los tuyos, pero entre ese montón de indiferencia, me concentro en la emoción con la que me contabas que habías encontrado lo que te hacia feliz, estabas en una carrera que te gustaba, conociendo muchas personas, tenías planes, ir a la playa, ir a NY.

     Te sentías pleno, moriste cuando menos lo esperábamos, pensé que terminarías los estudios, pondríamos un negocio juntos y en algún momento tendrías hijos, eras un tipazo.



           
Me estoy revolcando en el dolor de tu ausencia, en los recuerdos, pero sobre todo en el hubiera, pude abrazarte más, salir más, pero, ahora eres polvo de estrellas y cada que mire al cielo pensaré en todos los momentos lindos, a tu lado.

                Te amo…