Escrito por: Ana
Era 1978, cursaba mi primer embarazo y me atendía en el Instituto Nacional de Perinatología en la ciudad de México. Por su naturaleza el Instituto fue de las primeras instituciones en introducir la que era una nueva tecnología en los años setenta. Todos los meses me hacían un ultrasonido muy exhaustivo. Medían todo: el diámetro de la cabeza, el tórax en diversos lugares y más adelante el largo de huesos como el fémur. Pero nunca hablaban del sexo biológico. Un día pregunté por qué omitían esa información y me dijeron que estaba prohibido decirlo. Quería saber por qué y la respuesta me llegó de un médico: se trataba de prevenir el rechazo a priori del parto en función del sexo biológico; quería decir el rechazo a una niña. La apuesta era que si se trataba de una niña, una vez nacida tuviera mayores posibilidades de ser aceptada. Me pareció horrible y hasta, tal vez, un poco exagerado.
Yo tenía muy clara la fecha en la que muy posiblemente había quedado embarazada. Para mi desgracia, ese día no coincidía con los cálculos médicos según la fecha de la última regla. Por lo tanto, su fecha prevista de mi parto era unos 10 días antes de la fecha de la que yo tenía certeza. Por definición: nadie te cree. Aún en un instituto de investigación de primera línea fui tratada como un ser no pensante y un tanto desequilibrada: no me creyeron. Mi hija nació felizmente después de una semana de pasar a la clandestinidad, de desaparecer para evitar un parto inducido. Tiempo después y en el mismo lugar, con el embarazo de mi segundo hijo tampoco me creyeron cuando pedí su intervención porque mi hijo estaba a punto de nacer. Efectivamente, mi hijo nació una hora después a pesar de tener 3 centímetros de dilatación una hora antes. Ese era el argumento del personal médico, cierto, pero también era cierto que yo sentía que mi hijo estaba a punto de nacer, lo que ocurrió antes de la hora siguiente. Me insistieron reiteradamente en el uso de la epidural que rechacé muchas veces y terminaron de considerarme desequilibrada del todo cuando pedí la placenta para una amiga que estudiaba biología. Por supuesto, no me la dieron.
En mi casa vivía una jovencita que me ayudaba con mi hija. Se embarazó y, según supe después, el padre era casado. Nunca apareció hasta que nació la criatura. Tuve suerte, me dijo ella recién pasado el parto (natural después de muchas horas de pelear yo contra una claramente innecesaria cesárea). La suerte fue que tuvo un varón y a la semana el padre del niño los vino a buscar y les puso su cuartito…
Llegué un 24 de diciembre pasadas las 23 horas al Instituto Nacional de Perinatología. Jadeando tuve que contestar a la absurda pregunta “ ¿qué se le ofrece?” Nació el 25 de diciembre y fue varón lo que provocó una gran algarabía en el personal. Para mejor güerísimo. Para las enfermeras fue Jesús, Chuchito a pesar de mis continuas protestas. Creo que nunca me lo perdonaron.
Hija de padres separados iba al estadio todos los domingos desde los tres años. Un poco más grande empecé a jugar fútbol. En mi barrio a las niñas no las dejaban “juntarse” conmigo por hija, nieta y sobrina de connotados comunistas. Como a los varones no los controlaban ni cuidaban como a las niñas, entre ellos encontré un espacio de socialización, jugando en la calle empedrada. Llegué a jugar en el cuadro del barrio con todo y camiseta. Sabía de fútbol y siempre pensé que si no me hubiera dedicado a otra cosa podía haber sido la primera mujer comentarista de este deporte en Uruguay. Mi hija aprendió a jugar fútbol en México y siempre jugó mejor que mi hijo.
Regresé de México a Uruguay y jugué en un club de fútbol y lo hice hasta poco más de mis 50 años, cuando ya había muchas jóvenes y buenas jugadoras y consideré que mis huesos corrían peligro. Mi hija recorrió el camino del fútbol en la calle del barrio. Pero era demasiado buena y eso hería el orgullo de los varones. Después encontró su espacio haciendo equipo con otras mujeres y, de vez en cuando, sorprende a sus alumnos de secundaria entreverándose en algún picado.