miércoles, 19 de julio de 2023

PARA BIEN LA OREJA CUANDO CRUCES UNA AVENIDA

 

Escrito por: Azalea Marrufo

¡Todo lo que puede pasar si se descuida… Esta es la frase que en tono alarmante una mujer le contaba a otra mientras atravesaban rápidamente la avenida. Escuché la frase porque, al mismo tiempo, yo también cruzaba esa avenida, pero en sentido contrario. Cuando escuché la frase, mi cabeza, simultáneamente, la completó con varias opciones: ¡Todo lo que puede pasar si se descuida una y no mira que el semáforo que ya está en verde!; ¡Todo lo que puede pasar si se descuida el automovilista y no ve que el semáforo ya está en rojo!; ¡Todo lo que puede pasar si se descuida una y no sale con paraguas!; en eso estaba mi cabeza, cuando mi oído se estiró para escuchar tres pasos atrás de mí, el desenlace de aquella frase: …el ángel de la guarda! Terminé de cruzar la avenida y sin dejar de andar, ni voltear, repetí en mi cabeza la frase completa y me eché a reír: ¡Todo lo que puede pasar si se descuida el ángel de la guarda!; me lo imaginé comiéndose unos tacos mientras atropellaban al humano bajo su cuidado; me lo imaginé echando chisme con otros ángeles mientras sus humanos en custodia se ponían bien pedos; seguí riendo y luego me cuestioné el por qué di por hecho la existencia de los ángeles, por qué los humanicé atribuyéndoles descuidos humanos, por qué me hizo tanta gracia y por qué no podía dejar de pensar ello.

Recordé que fue mi mamá quien me inculcó la creencia en mi ángel de la guarda, tenía sobre mi cabecera aquella clásica imagen del ángel de la guarda resguardando a una niña y un niño que atravesaban solos por un endeble puente en la oscuridad. Es más, en mi infancia, esta creencia era mucho más fuerte y poderosa que la de Dios; ya que era mi ángel de la guarda a quien le encomendaba mi vida cuando me dormía para que ninguna mano peluda me jalara las patas, ninguna bruja entrara por mi ventana y ningún muerto se escondiera bajo mi cama, ¡vaya que le tenía fe!

También recordé aquella película de los ochenta, de Win Wender, Las alas del deseo, acerca de un ángel que añora ser humano y está dispuesto a cambiar su inmortal, perfecta y aburrida vida, por una apasionada, imperfecta y muchas veces dolorosa vida humana, es tal su deseo que un buen día amanece humano y le pasa de todo, pero se le ve satisfecho.

Finalmente, antes de llegar a mi destino recordé que, muy recientemente, me enteré de que, hay un arcángel con nombre de película futurista hollywoodense llamado Metatrón. Sé poco de él, pero me enteré de su existencia por un canal de YouTube para aprender sobre Cábala, ni idea de cómo llegué ahí; el conferencista del canal, Javier Wolcoff, muy ameno y con buen sentido del humor, habla de cómo aplicar la Cábala en nuestra vida cotidiana y en una de sus charlas lo mencionó. Cuando habló sobre Metatrón, incrédula, me apresuré a googlearlo, enterándome así que hay por lo menos dos versiones de su origen señaladas por el judaísmo. Una dice que antes fue un mortal, Enoc, séptimo patriarca antediluviano, de esos que el Antiguo Testamento dice que vivieron hartos años, que un buen día fue llevado por diosito, no sé muy bien por qué, igual era chido, puede ser que le pareció a dios que era un buen conversador con habilidades de liderazgo, así que se lo llevó pa’echar el chal, ósea el chisme, y para organizarle ahí la legión de ángeles, no fuera que se le siguieran saliendo de huacal. La otra versión señala que Metatrón es, desde el principio de lo tiempos, una emanación de dios que se manifiesta en la tierra y nos hace el paro para que trascendamos hacia la divinidad, cualquier cosa que eso signifique, porque eso si que nomás lo copie del Google.

Cuando me enteré de Metatrón, lo primero que pensé fue ¡ah, lo quiero de ángel de la guarda!, entonces decidí dibujarlo con mi mano derecha, soy zurda dicho sea de paso, y me quedó un dibujillo muy cool, como de cuento infantil, que para haber salido de mi mano derecha quedó muy bien dibujado, lo tomé, lo pegué en la entrada de mi departamento y desde entonces lo veo cada que llego o me voy.

Metatrón, junto con mis Abuelas y la Virgencita de Guadalupe, componen el séquito de figuras angelicales que me acompañan cuando necesito sentirme cuidada por alguien, ¿Qué si creo en ellas? Claro que creo, sobre todo en mis abuelas, aunque solo conocí a mi abuela materna, Marcelina; ella fue la persona que, cuando nací, me dio la bienvenida a este mundo y me regaló los momentos más dulces, divertidos y amorosos que tuve en mi complicada niñez.

Es una lástima que muriera cuando tenía apenas seis años, pero al menos coincidimos un breve instante en este mundo. A la abuela paterna, Luz, ni la conocí, pero cuando mi papá me habla de ella, la siendo en mi corazón, en mi fuerza para enfrentar la adversidad y en mi valentía que sale de quién sabe dónde, porque valiente sí que no soy.

A lo largo de mi vida, me he abrazado fuertemente a su recuerdo para lograr sobrevivir, me tranquiliza sentirme acompañada por ellas y también me agrada imaginar que la Lupe y el Metatrón les ayudan a cuidarme porque no quiero cansarlas, no hay que cargarles la mano porque en vida les tocó mucha chinga.

En fin, más allá de si existen o no, creer que sí, me da alivio y en coincidencia con la señora con quien me crucé en aquella avenida, ha sido una excelente idea, tener varias figuras angelicales cuidándome, así, si una se descuida porque quiere tomarse un descanso, habrá otras encargándose de que no me desbalague. Amén.