Escrito por: Enrique Arrúa
He realizado talleres sobre prácticas de crianza y género en los que participaban muchas madres y algunos padres y en los que, para dar el puntapié inicial al tema del género y los estereotipos de género, mostraba y pedía que observaran una imagen como ésta:
A continuación, preguntaba a las personas asistentes si en la imagen veían a un niño o a una niña, a lo que me respondían, casi siempre mayoritariamente (*), que no era posible dado que no eran visibles los órganos sexuales. Por lo tanto, si no es posible nombrar niño o niña a quien acaba de nacer ante la invisibilidad de su anatomía sexual, ¿cómo nombrarle?
Tiempo después decidí que la imagen fuera otra, una como ésta:
Tiempo después eliminé las imágenes y pasé a preguntar a las y los asistentes a los talleres si deseaban compartir el o los momentos que recordaran del parto: ¿Qué sucedió entonces, qué recordaban de ese acontecimiento? Como respuesta fluían historias parecidas y a la vez diferentes aunque siempre con puntos en común. Sin embargo, de todas ellas, destacaba un momento idéntico, el de una pregunta primera, imperiosa y breve: ¿qué fue?
La respuesta fueniña o fueniño de acuerdo con un sexo de asignación nombrado casi siempre por personal médico de acuerdo a la morfología sexual que observaba, fue (y es) reproducido como eco por familias y amistades abriendo brechas de satisfacción, frustración o resignación de acuerdo con las expectativas en torno a un embarazo, parto y nacimiento. Se bifurcan aquí los caminos entre quien acaba de nacer -y es quien es-, y las expectativas -que son de las y los demás.
Luego del parto, queda por una parte un binomio conformado por la madre y quien acaba de nacer. Por otra, las y los que comunican y replican el fueniño o fueniña, al o a la que van haciendo desaparecer su individualidad mientras buscan y encuentran el parecer-se al padre, abuelo, tío, hermano, madre, abuela, tía, suegra, hermana... resultado de un escrutinio familiar y social sobre la frente y el mentón, los ojos y el color de los ojos, el color de la piel, las expresiones...
Va pasando inadvertido el binomio de los protagonistas y el nuevo trabajo vital que realizan. Quien acaba de nacer pronto requerirá alimento, pero antes debe realizar acciones para sí y por sí para la sobrevivencia, respirar, mantener su temperatura, hacer funcionar su sistema digestivo y demás sistemas, y, para alimentarse aprender a succionar, necesita coordinación y ritmo para la deglución con la respiración. La imagen de un ser recién nacido mientras duerme manda una señal falsamente interpretada: la de un ser pacíficamente dormido cuando en realidad oculta un sistema humano trabajando intensamente para sobrevivir y desarrollarse. Y cuando no duerme, inicia una comunicación no verbal de diversa intensidad que deberá ir interpretándose, pausada y pacientemente.
Si quien acaba de nacer para alimentarse requiere de su madre, la encuentra a ella con mucho trabajo posterior al parto: necesita equilibrar su cuerpo físico en el que se ha producido un estallido hormonal, tanto para facilitar el parto como para prepararse para la lactancia. Es asimilar simultáneamente que quien estaba dentro suyo ahora es un ser independiente pero aún dependiente y demandante de ella, es dominar la emoción que produce reconocer su nuevo cuerpo el que, además, experimenta una episiotomía o una cesárea. Sobre ese cuerpo físico se erige un cuerpo emocional presente, retroalimentado del pasado: ¿Lo que vive hoy es consecuencia de un embarazo deseado, planeado, o fruto de la violencia? ¿Durante el embarazo y parto cubrió todas sus necesidades? ¿Se siente acompañada, comprendida? ¿Siente que a su alrededor hay personas empáticas con ella? (La depresión postparto no es otra cosa que la respuesta que se da, entre otras, a estas preguntas).
Las historias individuales en torno al nacimiento se matizan de tal manera que pasan a ser historias únicas e irrepetibles. Lo que las hace únicas e irrepetibles es la diversidad, diversidad de personas, culturas, creencias, deseos, necesidades, historias personales. Esta riqueza existencial se pierde cuando el foco de atención está puesto en ¿qué fue? ¿Se podrá algún día asumir que comunicar nació una persona sea satisfactorio, o el foco de atención esté puesto en su placidez, bienestar o inquietudes, en la armonía de sus formas o de su gestualidad sean suficientes para dar la bienvenida al nuevo ser? Sería un ejercicio interesante preguntarse: si omito la morfología de la entrepierna de quien acaba de nacer, ¿qué otras cosas pueden interesarme o sobre las que puedo preguntar? Una nueva persona llega a nuestras vidas, a nuestro mundo, ¡bienvenida!
(*) Casi siempre mayoritariamente. Es bastante frecuente que algunas personas opinen que sin visibilizar los órganos sexuales se puede conocer el sexo de quien acaba de nacer según la redondez de las nalgas, la forma del cráneo o el tamaño de las manos.