jueves, 26 de septiembre de 2024

LA HONRA PARRANDERA: RECUPERANDO EL PLACER DE VIVIR

 


Escrito por: Azalea Marrufo

Hace ya un rato, cuando aun vivía en la complicada, pero excitante Ciudad de México, me metí a una fonda donde daban la socorrida comida corrida; esa muy barata, de caldito de pollo, arrocito, guisado fuerte y un pedazo de gelatina por postre; siempre acompañada de su agua de sabor, sus tortillitas y su salsa. Disfrutaba de mi arrocito que pedí con plátano frito, cuando un músico callejero ingresó a la fonda y luego de un breve saludo en el que advirtió que iba a amenizar nuestra comida, se arrancó con la Paloma Negra, ese gran éxito de Tomás Méndez, que hiciera famoso Doña Lola Beltrán: “Ya me canso de llorar y o amanece, ya no sé si maldecirte o por ti rezar…” ¡ay, ay, ay! mi corazón se regocijó y sentí que estaba viviendo un momento único, perfecto, en el que, en mi boca, la sal y el azúcar de mi arrocito con plátano, se mezclaban deliciosamente, sin competir, pero sin dejar de distinguirse el arroz y el plátano, mientras mi corazón entonaba la Paloma Negra, una de mis rolas favoritas para cantar, sola o acompañada echando trago; aunque esta vez, a falta de una cervecita, me eché un buche de agua de tamarindo y seguí comiendo y disfrutando; estaba muy atenta escuchado la rola cuando vino aquella frase que me atrapó: “Ya no juegues, con mi honra parrandera, si tus carias, deben ser mías, de nadie más…”; la había cantado tantas veces y jamás había caído en la cuenta de esa figura retórica: “la honra parrandera”; ¡carajo! qué chingados habrá quiso decir el autor con eso; miles de preguntas se agolparon en mi cabeza: ¿existe una honra que sea parrandera?; ¿no es eso una contradicción?; ¿qué no más bien la parrandera es la deshonra?; ¿la canción habla de una actitud o de persona honrosa que chupa tranquilo?; bueno y a todo esto ¿qué es la honra?...

Quedé tan absorta en mis cuestionamientos que cuando me di cuenta, la mesera ya me había llevado el plato fuerte y el músico ya andaba interpretando Mujeres Divinas, una rola horrible que yo no sé ¡quién le dijo a los hombres que nos encanta!, y que conste, Acá entre nos, las rolas de Martín Urieta me gustan también para echar trago, pero esa ¡huácala de perro! la detesto; me parece una rola súper desagradable que pinta a las mujeres como seres frívolos que siempre hacen sufrir a “los pobrecitos hombres”, los cuales, no tiene más remedio que terminar en las cantinas, ¡sáquese qué!, ¡pinches borrachales!, incapaces de asumir que les encanta la peda y ponen de pretexto a las mujeres, ¡qué falta de honra parrandera!, pensé.

Fue en ese momento que me quedó clara la dignidad de una honra parrandera, la cual, asume su peda sin andar poniendo de pretexto a nada ni a nadie; así que, me apuré a comer mis verdolagas con frijolitos, ya sin tortillas para acelerar el paso, y salir corriendo de ahí. Solo huyendo logré rescatar el buen sabor de boca que me había dejado la Paloma Negra, el arroz con plátano y el haber descubierto lo que era una honra parrandera, figura retórica que ocupó largamente mi pensamiento por aquellos días.

Coincidió también, por ese entonces, que me reencontré con dos mujeres maravillosas, que conocí por la vida de lucha y por un ex, pero que ahora eran mis amigas. Ellas retornaron a mi vida, luego de que organizara una tertulia poética, a la que, ni uno, de los invitados estelares llegó, y, en cambio, ellas, junto con un grupo de desconocidas y un querido compacolega, se apersonaron y rescataron la noche compartiendo poemas chingones, prestados y de su autoría. ¡Qué tertulia más agradable! Plena de buenos versos y tragos. Tan bien la pasé, que, por supuesto, repetimos encuentro.

Nos fuimos a San Ángel a comer mariscos y echar trago. No bien habíamos comenzado a charlar cuando les compartí mis disertaciones sobre la honra parranderas; atacadas de la risa me dijeron: ¡Nooooo, la honra parrandera, no existe; es honra, coma (,), parrandera, la canción pide que una [mujer] parrandera, ya no juegue con la honra [de un hombre]!; reímos tanto, no cabía de la sorpresa, todo lo que había terminado pensado, tan solo por omitir un signo de puntuación, ¡caray! Al final la explicación me resultó decepcionante, tanto como la rola de Mujeres Divinas, así que decidí conservar mi propia explicación, para poder atesorar, en mi Playlist, a la Paloma Negra.

Pasamos una tarde maravillosa hablando de todo; del pasado, del presente, de exparejas, de examistades, de la salud mental, del trabajo, de la familia, de la lucha de ser quienes somos, de la vida. Fue tan agradable aquel encuentro que prometimos volver a reunirnos; sin embargo, no pasó.

Ya no vivo en la Ciudad de México, a ambas las vi por separado, en alguna ocasión antes de mudarme. No sé si será pronto que nos volvamos a ver, lo cierto es que ellas simbolizaron mi despedida de la Gran Tenochtitlán. Irme de ahí representó la pérdida de trabajo, de ilusiones, de amistades, de comodidades, pero no me arrepiento, tocaba moverse, tocaba irse, tocaba recuperar el tiempo que me permitiera detenerme a saborear la textura e intensidad de los minutos y los segundos, imaginando el día a día de la honra parrandera: mujer que pasa la vida escribiendo versos, sueños, historias, memorias entre tragos de té de canela y de café, sin más compañía que un gato, mientras escucha la lluvia caer.