Poco sabemos de su vida, nació un 10 de septiembre de 1924 en Pachuca, Hidalgo. Tuvo una hermana de nombre Consuelo, huérfanas de padres, él un veterano revolucionario llamado Gumercindo Hernández, ella, Petra Hernández.
En la orfandad crecieron con su abuela, después con una tía que la redujo a empleada doméstica, eso nos da una idea de su hermetismo, su frialdad y rudeza para enfrentar la vida.
Ignoramos por completo ¿Cómo llegó a la Ciudad de México?, ¿En dónde conoció a los padres de sus hijos?. Lo que sí sabemos, fue una mujer incansable, analfabeta que crió a 4 hijos, en la década de los cincuentas, también lidió con sus sobrinos, trayéndolos a la gran ciudad. Trabajó como asistente doméstica, años después vendió comida en el comedor de una fábrica.
La gran parte de este relato son interrogantes, ella falleció hace treinta y tres años. Dejó un cajón lleno de recuerdos que jamás compartió, esos boletos de autobús ADO que la llevaron hasta Merida. Su credencial de militante del PRI, una pequeña caja fuerte, ropa nueva, entre otras cosas, pero el que más atesoró es una fotografía de mi madre y su hermano.
En ese retrato vemos a una niña y a un niño de entre 4 a 5 años aproximadamente, afuera de su vivienda, construida con lo que parecen ser trozos de madera y cartón. Delfino, posando con un semblante serio, lleva overol, los pies desnudos, con un brazo sostiene una gallina, con el otro a la pequeña Gloria, ella lleva un humilde vestido, los zapatos rotos, esboza una tímida sonrisa. Somos testigos de sus carencias, pero ellos denotan ingenuidad e inocencia.
Ese instante capturado en el tiempo me lleva a preguntar, porque en esa época las fotografías no eran comunes, mucho menos en ese contexto económico, ¿Cómo llegó el fotógrafo al lugar? ¿Cuánto costo esa instantánea? ¿Qué motivó a la abuela a gastar esos pesos en un retrato? ¿Cuánto tiempo tardó el fotógrafo en entregar esa imagen? Son tantas dudas, mi madre no recuerda nada, pero ese trozo de papel encierra mucho más que la imagen de dos pequeños, es la lucha de esa mujer por sacar a sus hijos adelante conservando un recuerdo.
Antes de conocer la foto ya sabía de la dura infancia en la que creció mi madre, con pocos juguetes, se entretenía cazando moscas para dárselas a las arañas. Carne ocasionalmente, una pieza de pan dulce los domingos.
Esa foto yace en mi casa, la observo todos los días, al ver a esa pequeña tan vulnerable, estalló de amor y respeto, gracias a todo lo que nuestros padres lucharon existo junto con mis hermanos, crecimos con todo lo que ellos jamás tuvieron.
La imagen salió a la luz después de su muerte, sus pertenencias fueron repartidas, su antigua habitación desmantelada, ahí encontré esa fotografía que para mi se ha vuelto invaluable.
También encontramos un cuaderno con ejercicios de escritura, esa mujer siempre tuvo el deseo de aprender a escribir. Me pidió un par de veces que le enseñara, pero como muchas cosas quedan para después, nunca me di el tiempo de hacerlo.
Ella mejor que nadie sabia la importancia de la educación, dentro de sus posibilidades les dio escuela primaria a sus 4 hijos, el mayor de nombre Valentín salió a temprana edad de la casa materna para formar su propia familia, trabajó como obrero en una fábrica.
Gloria y Carmela lograron una carrera técnica. Delfino logró ser un buen tornero, no le faltaba trabajo, pero los problemas con el alcohol aunados a una meningitis, enfermedad neurológica no diagnosticada, murió un par de años después, en 1996.
Su fin es tan absurdo, porque a lo largo de su vida se vio tan fuerte, bastó una simple torcedura de tobillo para caer en cama, sus creencias la llevaron a optar por curanderos y hueseros, que complicaron la situación.
Bastaron 6 meses para que su vida se consumiera, mi madre se dedicó a cuidarla cariñosa y devotamente, no fue suficiente, terminó en el hospital, las cosas se complicaron, en pocos días su vida terminó, un 23 de octubre de 1992.
Mi padre, Elíseo, también se preocupaba por ella, le tenía cariño, respeto, se encargó de llevarla con los hueseros y curanderos que a la fecha detesto. La primera vez que lo vi llorar fue en el funeral de la abuela.
Lamento profundamente que su muerte haya sido durante mi adolescencia, no dimensione el poder de sus recuerdos, de su pasado. De tener una charla que me diera testimonio de sus múltiples luchas, por mantener a sus hijos, por militar en grupos que buscaban conseguir vivienda en la Ciudad de México.
Esa mujer, esa abuela, Nicolasa Hernández o como cariñosamente le decíamos, Mamá Nico, es parte de mi pasado, mi ancestra, una mujer silenciada por un contexto opresor, humilde que me ha enseñado que salir adelante es posible.
Dos generaciones después nos alejamos de la pobreza, de las carencias, la falta de estudios, somos la generación que logró llegar a la Universidad, la mejor de América Latina, la UNAM.
Pero nunca olvidemos de dónde venimos, que esa fotografía nos recuerde que detrás de cada uno de nosotros hay miles de recuerdos dolorosos, pero que nos abrieron camino para tener mejores oportunidades, la vida que ahora gozamos.
Mis sobrinos, se están convirtiendo en la tercera generación alejada de ese pasado, pero demos gracias a las luchas de nuestros ancestras, porque hemos podido romper los patrones sanando a nuestra familia.
Estas líneas son un humilde tributo a cada una de mis ancestras, tengo esbozos de mi abuela y mi madre, pero antes que ellas hay otras mujeres que con el silencio de su pasado labraron nuestro futuro.
Gracias, gracias, gracias, las amo.
