Escrito por: Azalea Marrufo
Hoy hablando con una paciente, mientras le preguntaba qué planes tenía para el 2024, después de las vivencias tan fuertes que había experimentado en el 2023, respondió que lo que corresponde es reconectar con su instinto de sobrevivencia, que siempre la ha guiado, reconectar con su cuerpo desde donde se vivencian los hechos, porque se pueden decir muchas palabras, pero son los hechos a través de los cuales se experimentar la vida.
Validé totalmente su reflexión y agregué que no olvide que nos habitan dos programas, el de la necesidad y el del deseo, que somos seres deseantes, que no olvide reconectar con lo que desea, y en ese proceso de reconexión puede ser que recupere su sentido de vivir.
Nos agradecimos mutuamente el espacio que compartimos en las sesiones psicoterapéuticas en este año que estaba por terminar y sin pensarlo, me dijo, nos vemos el próximo jueves, a lo que contesté, claro, nos vemos el año entrante.
Me quedé pensativa con eso que hablamos en la sesión; así que, acto seguido, intenté evocar qué cosas maravillosas ha construido la humanidad desde el deseo; lo primero que llegó a mi cabeza fue un strudel de manzana, qué delicia, en qué estaría pensando la persona que lo inventó; seguro que fue inventado desde el deseo, no creo que algo tan deliciosos sea producto de la necesidad, ya sé que la necesidad mueve montañas, se le respeta, pero el deseo mueve pasiones.
Se me ocurrió irme a google a buscar la historia de esa exquisitez, sería maravilloso saber quién la inventó para, no sé, darle las gracias, ponerle una veladora, hacerle un homenaje póstumo, algo que le dé legítimo reconocimiento por ese deseo hecho realidad.
Luego de varias horas, me decepcionó la búsqueda. Cómo podían contarse, exhaustivamente, las innumerables guerras que ha provocado la humanidad, algunas más estúpidas que otras, como la batalla de Karánsebes (1788), en la que el ejército austriaco, que pretendía luchar contra los otomanos, se atacó a sí mismo, generando bajas de 10, 000 soldados, múltiples mujeres violadas y saqueos en su ciudad; y en cambio, hubiera tan poca información sobre el origen de algo que no puede sino traer placer y plenitud como un strudel de manzana; que además, indigna, ni siquiera figura en la lista de los principales postres del mundo.
Según el google, en el siglo XVII, cuando el Imperio Otomano quería conquistar lo que ahora conocemos como Europa, llegó a Austria, territorio en disputa, además del ejército otomano, la repostería árabe, protagonizada por el ya famoso e imperial baklava, pastelillos hechos con finas capas, casi translucidas, sobrepuestas, de masa de trigo horneada, tipo hojaldre, pero más finas y crocantes, con un relleno de pasta hecha de pistaches o nueces y bañados en miel. Supongo que, en Austria, en medio de la guerra, nomás no tenían para pistaches y miel, pero eso sí, siempre había manzanas, pues se aventuraron a armar unas baklavas con las frutas de la región y que les sale el strudel de manzana, que dicho sea de paso, strudel es una palabra alemana que significa remolino.
Conocer esa referencia bélica de mi tan amado y delicioso strudel de manzana, me dejó muy mal sabor de boca, al grado de que me negué a aceptar que ese pudiera ser su verdadera historia.
Sobre el strudel de manzana tengo otros datos
Indagando en el inconsciente colectivo y demás registros akáshicos, descubrí la verdadera historia que dio origen al remolino de manzana.
Resulta que en la segunda mitad del siglo XIX, en épocas de Don Benito Juárez, primer presidente indígena de México, quien, entre crisis económicas, batallas, grillas y resistencias conservadoras, fundó el Estado Laico de nuestro país. En ese entonces, en un territorio ahora conocido como Zacatlán de las manzanas, Puebla; vivía una niña llamada Yoliztli, quien luego de hacer sus deberes, gustaba de escaparse hasta una barranca cercana a su casa, para mecerse en un improvisado y desafiante columpio que yacía en la rama de un antiguo manzano que vivía al filo de ésta. Amaba sentir cómo su cuerpo se elevaba por encima de aquel desfiladero, mientras sus trenzas, que gustaba de adornar con flores, iban y venían en sentido contrario a donde el columpio la llevaba cual serpientes emplumadas que revoloteaban a cada lado de su cabeza.
Le gustaba cerrar los ojos mientras se mecía por encima de la barranca, impulsándose fuertemente con sus caderas mientras elevaba los pies. Imaginaba que, si un día lograba dar un giro completo sobre la rama de la cual pendía el columpio, podría alcanzar tal velocidad que empezaría a volar hasta convertirse en un jilguero más de aquella barranca, nada anhelaba más su corazón que volar, que llegar a ser libre como aquellas aves.
Ingredientes: un manzano, un columpio, unas niñas, ganas de volar
Una de esas tantas tardes en que se dirigía hacia su libertad, miró que alguien yacía sentado bajo aquel manzano, al lado del columpio, cuando se acercó descubrió que se trataba de una niña de piel blanca, con cabellos de elote y ojos de cielo, quien, sentada, se comía una manzana. Yoliztli de pie frente a ella le preguntó a quién esperaba, la niña rubia, parecía no comprender lo que le decía, entonces Yoliztli se colocó en cuclillas y mirándola de frente le pidió que se moviera de ahí porque estaba preparándose para “volar”, la niña de la manzana siguió inmóvil y solo atinó a sonreírle; Yoliztli tomo su mueca como una afrenta, así que se puso de pie, la cogió del brazo, la obligó a pararse y la puso suficientemente lejos de su “zona de despegue” como para que no le estorbara.
Yoliztli empezó poco a poco a mecerse en el columpio hasta alcanzar esa altura que le fascinaba. Mientras volaba, un ruido la desconcentró de su trance, así que abrió los ojos y volteó para averiguar si aquella niña seguía ahí, y si, ahí seguía como hipnotizada mirándola, había dejado abandonada en su mano derecha, la manzana que mordisqueaba, mientras sus ojos se habían abierto tan grandes como los de la cotorra habladora que tenía su abuelita.
Dejó de mecerse hasta perder altura y se le ocurrió pensar que tal vez esa niña había llegado hasta ahí para convertirse también ave, pero no en un jilguero como ella, sino que tal vez estaba destinada a ser una cotorra o más bien una lechuza porque era demasiado pálida para ser un jilguero.
Cuando se detuvo, bajó del columpio, se dirigió hacia aquella niña, le preguntó si quería subirse al columpio; si sabía volar; si sabía cómo convertirse en una lechuza, pero la niña rubia no se movió; entonces la cogió nuevamente del brazo, la dirigió al columpio y con una seña le indicó que se subiera. La niña rubia comprendió. Una vez montada en el columpio, Yoliztli notó que no se movía, sintió compasión por ella, le parecía muy lamentable que no supiera hablar, ni tuviera entrenamiento alguno para convertirse en ave; qué habría estado haciendo la pobre durante todos estos años, comiendo manzanas, pensó. Sin más, decidió empezar a empujarla por la espalda para que agarrara vuelo. La niña rubia empezó a reír con cada empujón, Yoliztli se sintió complacida al escucharla, al menos si tiene voz, será una linda ave cantora cuando se convierta.
Tocó el turno de Yoliztli, quien aprovechó para darle indicaciones de cómo mover las caderas, las piernas y el pecho para mecerse por sí misma, la niña rubia, la miraba con mucha atención, al final de aquella tarde, ya era capaz de menearse un poco sobre el columpio.
Cuando se despidieron, Yoliztli cortó una flor y la puso en la cabeza de la niña rubia, quien le agradeció con aquella linda sonrisa que la caracterizaba.
Al día siguiente, Yoliztli se encontraba ansiosa por ir a la barranca, no bien había terminado de desgranar el maíz que le había encargado su abuela, cuando salió disparada hacia el encuentro con la niña rubia. A mitad del camino se percató que no se había puesto sus huaraches, pero no le importó, siguió corriendo, total, para volar no los necesitaba.
Cerca ya de la barranca, se percató que la niña rubia no estaba sola, sino de la mano con otra niña de piel más bien oscura, ojos negros y grandes y nariz muy afilada; le dio la impresión a Yoliztli que se trataba de un pequeño zanate. Una vez frente a ella, la niña rubia habló, señalando a la niña zanate mientras decía: Laila; luego se señalaba a sí misma y decía: Emma; hizo esto varias veces hasta que Yoliztli comprendió que la niña rubia le estaba diciendo sus nombres, fue entonces que les dijo en voz alta, mientras se señalaba a sí misma: Yoliztli.
Emma y Laila ya se conocían, sus familias habían llegado hace no mucho a Zacatlán de las manzanas, sus casas eran colindantes en el centro del pueblo y aunque no hablaban el mismo idioma, ya habían tenido oportunidad de jugar un par de veces en la plaza principal.
Ahora, las tres niñas ave, sabían cómo se llamaban, ensayaron varias veces llamarse por sus nombres y hablar, pero ninguna de ellas comprendía a la otra, hablaban tres idiomas totalmente distintos, lo cual las hacía reír mucho porque no había manera de que se comprendieran hablando, fue que Yoliztli guardó silencio, empezó a andar y moviendo la mano las invitó a seguirla, Emma y Laila comprendieron y caminaron detrás de ella.
Yoliztli, las reunió en un círculo cerca del manzano y empezó a extender sus brazos y a moverlos simulando que volaba, las otras dos se quitaron los zapatos, la siguieron y de inmediato establecieron una armoniosa sincronía de aves en parvada. Luego de un rato Laila, continúo con el vuelo, pero ahora le integró unos suaves y ondulantes movimientos de brazos y manos que las otras dos niñas siguieron con gran destreza; a Yoliztli le parecían tan adecuados, justo así se movían las aves, con esa enorme ligereza y soltura por el aire, acto seguido Emma empezó a entonar una hermosa melodía que las otras dos niñas empezaron a tararear; fue entonces que Yoliztli se convenció que estaban destinadas a encontrarse; Laila sabía aletear, Emma cantar y ella volar, juntas se acompañarían en el proceso de convertirse en tres hermosas aves.
Fueron tantas las tardes que pasaron juntas. Entre las muchas cosas que hicieron, además de volar, fue, cada cual, enseñar a las otras el nombre que en su idioma tenía cada cosa, aprendieron a decir flor en alemán, en árabe y en náhuatl, también aprendieron a decir, sol, luna, ave, árbol, manzana. Ninguna de las tres conseguía pronunciar a la perfección la lengua de las otras, pero no solo no les importaba, sino que les divertía muchísimo escuchar como cada cual lo decía.
Mermelada de manzana. Cocinando la amistad
Con el tiempo, las niñas conocieron a sus respectivas familias; así es como Yoliztli descubrió que la familia de Emma vivía en la casa más grande y linda del pueblo, ya que su papá, a quien sólo vio una vez, trabajaba para un señor disque muy importante que había llegado de muy lejos llamado Maximiliano de Habsburgo; mientras que Laila era hija de unos árabes que habían llegado de un lejano país llamado Líbano, habían establecido una tienda en el centro del pueblo en la que vendían de todo; a Yoliztli le encanta ir a la tienda a comer las baklavas que preparaba su mamá, le parecían las cosas más exquisitas de la tierra, nunca había probado nada igual.
Cuando Emma y Laila iban a la casa de Yoliztli, les gustaba jugar con las gallinas y los guajolotes; juntar los huevos; no paraban de comer todos los guisos que preparaba la abuela, les parecían tan extraordinariamente deliciosos los platillos de quintoniles o de flor de calabaza; aprendieron a desgranar maíz y a echar tortillas, nunca les salían redondas, pero no importaba, igual se las comían.
Una tarde otoñal, al llegar al lugar acostumbrado de reunión se percataron de que el árbol había tirado muchísimas de sus manzanas, Yoliztli echó a correr de vuelta a su casa, Emma y Laila la siguieron, tomó un gran canasto que su abuela usaba para salir a vender flores y lo llevaron de vuelta hasta el árbol y empezaron a recoger todas aquellas manzanas caídas; el cesto se llenó, con gran dificultad lo arrastraron hasta la tienda de Laila, la madre de ésta al ver el gran esfuerzo, las compenso con las baklavas que tanto les gustaban.
La mamá de Laila se percató que muchas de las manzanas se encontraban ya magulladas, por lo que procedió a pelarlas, molerlas y cocerlas con azúcar y canela; quedó una deliciosa compota de manzana, regaló una porción a cada niña.
Fueron muchas las manzanas que dio el manzanar de la barranca aquel otoño; las niñas, cada tarde, llegaban con canastas para cosecharlas, llevarlas casa Laila para intercambiarlas por baklavas y recibir además un tarro de mermelada.
Baklavas con mermelada de manzana. Hasta siempre jamás
Un buen día, cuando ya el frío se dejaba sentir, el invierno se avecinaba, Yoliztli se llevó carbón y leña de su casa; juntas armaron una fogata al lado de manzanar, Leila aportó las baklavas, Yoliztli tortillas y Emma llevó un pan negro, leche y la mermelada de manzana que hacía la mamá de Laila y que celosamente guardaba para que en su casa no se la acabaran.
Decidieron practicar su rutina aviar en torno a la fogata; con cada aleteo el fuego se avivaba, sus corazones se estremecían de alegría; reían, saltaban y agitaban sus brazos con tal energía y destreza que estaban convencidas de que eran aves y volaban; luego de un rato Emma se detuvo para tomar un sorbo de leche, se sentó y señaló estar agotada y hambrienta; las otras dos se le unieron para compartir lo que traían, fue entonces que a Emma se le ocurrió agarrar de todo y sumergirlo en mermelada, Leila y Yoliztli hicieron lo mismo. Descubrieron que las tortillas con mermelada de manzana, no sabían mal; el pan negro con la misma, sabía muy bien, pero que las baklavas con mermelada de manzana eran exquisitas, el alimento ideal para tres niñas en proceso de convertirse en aves.
Quedaron tan extasiadas que se tumbaron al pasto paladeando aquel excepcional sabor, por un momento se quedaron dormidas, hasta que un ventarrón frío las despertó; Yoliztli intentó apagar los restos de carbón que aún quedaban ardiendo golpeándolos con una rama; a Emma le pareció más práctico tirarles un chorro de leche; rieron las tres luego de conseguir apagarlos.
Se tomaron de las manos, se abrazaron, nunca antes se habían abrazado; no era algo que se acostumbrara en sus familias, ni en sus casas; era un contacto nuevo que ahora descubrían; mientras se abrazaban, empezaron a mecerse en un arrullo; notaron el calor de sus cuerpos, notaron el olor a humo de sus ropas; notaron que su respiración olía a pan, a tortilla, a leche, a baklava, pero sobre todo, a mermelada de manzana; Laila empezó a sollozar nunca se había sentido tan amada como en ese momento, entre los brazos de sus amigas, de sus hermanas; Laila era hija única; Emma y Yoliztli si tenían más hermanos y hermanas; ambas eran las más pequeñas de sus familias.
Jamás estuvo tan segura de sus percepciones Yoliztli como aquella tarde, no cabía duda de que eran aves, no cabía duda de que se abrazaban con sus alas; no cabía duda de que, en cuanto llegara la primavera, por fin volarían, por fin se convertirían en lo que eran, tres lindas aves; por fin conseguirían su libertad. Mientras estaba en medio de ese abrazo, imaginaba que una vez siendo aves, se seguirían reuniendo de vez en cuando para surcar juntas los cielos y visitaría sus respectivos nidos; para seguir comiendo juntas baklavas remojadas en mermelada de manzana, eso no tenía por qué cambiar.
Emma susurró en alemán que aquello era un remolino de sanciones, ni Yoliztli, ni Laila comprendieron lo que dijo, tan sólo quedó flotando en ambiente la palabra strudel, que resonó varias veces antes de que un nuevo ventarrón frío se la llevara y les recordara que ya era muy tarde; se apresuraron a separarse, a limpiarse las lágrimas, a recogerlo todo y correr hacia sus casas, donde ya les esperaba una buena regañada porque estaba a punto de oscurecer.
Las niñas no sabían que esa sería la última vez que iban a verse. Durante el invierno, una que otra vez llegaban solas, esperaban un rato, se mecían, pero las otras dos no llegaban, así transcurrieron esos fríos meses, hasta que bien entrada la primavera Yoliztli se apresuró a visitar la tienda de la mamá de Laila, pero la encontró cerrada, mientras que la casa de Emma se encontraba permanentemente custodiada por una señores uniformados que portaban armas, Yoliztli sintió temor, cuando regresó a donde su abuela le preguntó lo que pasaba y la abuela deteniendo su molienda de maíz en el metate, le dijo que debía ser fuerte, que a Laila se la habían llevado a la capital ya que el papá quien tenía negocios allá y que a Emma era probable que tampoco la viera más porque al jefe del papá de Emma lo iban a matar.
El manzano y la amistad son un motivo
Una tarde de mayo de 1867, cuando tropas mexicanas capturaron a Maximiliano de Habsburgo en Querétaro, quien pretendía establecer una monarquía en un país que se soñaba liberal; Emma se encontraba en el manzanar columpiándose, había logrado escapar de su casa, para ir a la barranca, con la esperanza de encontrarse con Laila y con Yoliztli, no sabía lo de Laila y Yoliztli se encontraba, como de costumbre, ayudando a la abuela, quien trabajaba duro para cuidar de ella y de sus hermanas; su madre había muerto cuando ella nació y su padre, quien simpatizaba con las ideas liberales de Benito Juárez, un buen día, luego de reunirse con sus amigos, había desaparecido, nunca más volvió a casa.
Emma oyó un gran alboroto a sus espaldas, cuando volteó vio que se trataba de su padre que enfurecido la buscaba, iba con un par de personas de la servidumbre, luego de que bajara a Emma de un jalón del columpio, les ordenó que talaran aquel árbol. Entre lágrimas Emma suplicaba que no lo hicieran y por más que intentaba zafarse y gritar, todo fue en vano; a lo lejos alcanzó a ver como aquel manzano, aquel maravilloso árbol donde conoció a sus mejores amigas, a sus hermanas con quienes aprendió a volar, aquel manzano que les regaló las deliciosas manzanas que la mamá de Laila convirtió en la más exquisita mermelada, aquel manzano que fue testigo del más entrañable abrazo que nunca jamás había recibido, en ese momento se derrumbaba por aquel desfiladero, sintió como su corazón se destrozó, en cuanto llegó a su casa, su madre tenía las maletas listas para partir, ese mismo día, junto con sus hermanos y su padre salieron rumbo al puerto de Veracruz, para luego zarpar de regreso a Viena desde donde habían llegado a México tres años atrás, cuando ella recién había cumplido siete años. Más tarde supieron que al jefe de su papá y a todo su séquito los habían fusilado.
Fue el momento más triste en la vida de Emma, con apenas diez años, sentía que ya nada valía la pena. Sin importar que para entonces Viena, su ciudad de origen, se hubiera convertido en la capital del recién inaugurado Imperio Austro-Húngaro, Emma la encontraba gris, triste, desolada; el sufrimiento de haber visto caer al manzano la atormentaba; se sentía culpable por haberse escapado aquella tarde, por haber decidido ir al barranco, por haber ido a columpiarse al manzano; no se atrevía a imaginar el dolor de Laila y Yoliztli al no ver más su árbol, le avergonzaba que supieran que lo había derrumbado su papá, no soportaba la idea de no volver a verlas; deambulaba por el campo sin rumbo, hasta que un día sus pies tropezaron con una manzana, cuando levantó la vista, se dio cuenta que se encontraba bajo un manzano, con lágrimas en los ojos se abrazó fuertemente a su tronco suplicándole que la perdonara por el asesinato de aquel otro árbol, que sanara su corazón y el de sus amigas y que les llevara el mensaje de que dedicaría su vida entera en recordarlas, en nunca olvidarlas y en honrar con cada acto de su vida a aquel árbol maravilloso, generoso y paternal que fue testigo de la enorme alegría y felicidad que compartieron.
Por fin libre para volar
Yoliztli luego de ayudar a su abuela, se encontraba particularmente cansada, no tuvo ganas esa tarde de ir al barranco, ni tampoco quiso comer, qué pasa, se preguntaba mientras acariciaba el lomo de su perro quien se echó a su lado. Se quedó profundamente dormida, soñó que un armadillo gigante y hambriento pretendía devorar toda la milpa que con tanto esfuerzo su abuela y sus hermanas habían sembrado, para impedirlo, ideó el plan de llevarlo hasta el barranco y desde ahí empujarlo hasta el desfiladero. Aprovechó la mermelada de manzana que aun reservaba y formo un camino con bultitos de ésta desde la milpa hasta el barranco, su perro ladrando ayudó a captar la atención del enorme animal logrando dirigirlo hasta el camino de mermelada, el gran armadillo extasiado con en dulce manjar iba avanzando frenéticamente olisqueando y comiendo los bultitos de mermelada que Yoliztli le había preparado, ya muy cerca del barranco, Yoliztli y su perro lo esperaba, desesperado de no encontrar más bultitos de mermelada y a punto de darse la vuelta para regresar hacia la milpa; Yolitzi golpeó fuertemente con una rama sus patas para hacerlo caer, cuando el gran armadillo tropezó, instintivamente se hizo bolita, formando una roca gigantesca que empezó a desplazarse cuesta abajo hacia la barraca y justo a un paso de caer al desfiladero, con su trompa alcanzó a sostenerse del columpio que pendía del manzano, Yoliztli corriendo se montó en el columpio y con gran fuerza empezó a mecerse hasta conseguir que el armadillo quedara flotando sobre el desfiladero; aun así el animal se resistía a caer, desde el peñasco el perro ladraba y traba de mordisquear por algún lugar al armadillo cuando se acercaba a tierra, hasta que, en un descuido del armadillo, una pata se le asomo de entre el caparazón, pata que el perro alcanzó a morder con fuerza; el columpio se mecía con rumbo al abismo, el armadillo al pegar un fuerte alarido soltó su tropa del columpio y calló hacia el desfiladero; la fuerza que llevaba el columpio hizo que éste se elevara aun más hasta girarse, Yoliztli pudo ver como regresaba hacia el árbol pero ahora de cabeza, el columpio dio una vuelta completa y al regresar al abismo lazó con fuerza a Yoliztli quien, sin miedo, muy segura de sí misma, empezó a volar. Mientras aleteaba, podía sentir como sus brazos se convertían en una poderosas alas, de su cuerpo brotaban hermosas plumas, su boca se transformaba en un sólido y puntiagudo pico; antes de dejar de hablar, giró su metamórfico cuerpo hacia el perro y le dijo que fuera donde su abuela, que le dijera que todo estaba bien, que desde ahora sería un jilguero, que en adelante volaría y que prometía cantar para ella, sin cesar; de repente, ya no pudo hablar más, ya solo podía silbar, recordó las canciones que Emma le había enseñado y se alejó cantando, agitando con destreza y suavidad sus alas como Laila lo hubiera querido, voló y voló para ser libre, para no volver más.
A los tres días Yoliztli murió de disentería, su abuela, acostumbrada a ver morir a los suyos, la veló sin lágrimas, la veló desgranando maíz, prometiéndole que aprendería a hacer mermelada de manzana y que cada primero de noviembre la recibiría, junto a su madre y a su abuelo, con un buen tarro de mermelada, sus tamales favoritos y el atole de cacao que tanto le gustaba. A su entierro acudieron, su abuela, su hermanas y hermanos mayores, sus sobrinos, su perro y una nutrida parvada de jilgueros que cantaron sobre su tumba toda aquella mañana.
Dándole alas al verdadero amor
Laila creció en la capital ayudando a su madre en la tienda, mientras su padre prosperaba en sus negocios textiles y mandaba a traer a toda su familia que se encontraba en el Líbano. Cuando Laila cumplió 16 años, su padre ya le había arreglado un matrimonio con un adinerado paisano libanés, que había recién desembarcado en el puerto de Veracruz, pero unos días antes de la boda, Laila escapó con el amor de su vida, se trataba de un niño indígena poblano que su padre se había llevado consigo desde Zacatlán a la capital porque lo consideraba trabajador, obediente y muy listo con los idiomas, en realidad lo explotaba, aunque le hacía creer que le hacía un favor; el niño tenía la misma edad que Laila; al ser hija única y haber perdido a sus amigas hermanas Emma y Yoliztli, de quienes no supo más, encontró en Ollin un refugio, se volvió su amigo, su confidente, su cómplice y el amor de su vida, planearon juntos su escape de vuelta a Zacatlán, recuerda Laila que llevaba en su equipaje, un poco de ropa, unas tortillas, un tarro de mermelada de manzana que recién había hecho su madre y varias baklavas para el camino.
Llegaron con bien hasta Zacatlán, con la familia de Ollin, los recibieron con gran entusiasmo, su madre lo abrazaba bañada en lágrimas, lo había extrañado tanto, pensaba que no volvería ver, Ollin presentó a Laila como su esposa. A penas se instalaron, Laila fue a la barraca, pero no encontró el manzano, se apresuró a ir a la casa de Yoliztli, la recibió una de sus hermanas, quien con dificultad le informó que hacía seis años que había muerto y que la abuela recién hacía un par de meses también murió; la llevó hasta su tumba, Laila se quedó largamente contemplando el lugar donde yacían los restos de Yoliztli, no lo podía creer, recordó cada momento que pasaron juntas, recordó que a ella le debía el haber aprendido a volar, a ser libre y le prometió honrar esa enseñanza el resto de vida, un jilguero empezó a cantar y a revolotear por encima de la tumba, no tuvo duda Laila de que se trataba de su amiga.
Con el tiempo, el padre la Laila, la perdonó, aunque no se entiende de qué la tenía que perdonar, vergüenza le debería de dar, pretender casar a su hija por negocio con quién sabe quién, el caso es que compró el local que alquilaba en Zacatlán, heredándoselo a su hija quien, junto con Ollin pusieron una tienda, donde permitían que toda la gente del pueblo llevara sus productos a vender. Tuvieron cinco hijos, dos mujeres y tres hombres. No dudó ni un segundo en elegir el nombre de sus hijas, a la primera le puso Yoliztli y a la segunda Emma de quien tampoco volvió a saber nada.
Remolino de manzana un legado de la amistad
Emma nunca se casó, decidió guardar luto permanente por el manzano y por sus amigas que había perdido, aprendió a hacer repostería y se especializó en baklavas, que inicialmente rellenaba de nuez o de pistaches cuando había y bañaba con almíbar de manzana, todo esto hasta que el elevado precio de la nuez, la llevó a inventar una versión rellena tan solo de mermelada de manzana, pero no hizo cualquier mermelada, hizo la mejor y no hizo cualquier masa filo, hizo las capas de masa más delicadas, translucidas, crujientes y sublimes, capaces de disolverse al contacto con el paladar para dar paso al suculento relleno de manzana, llamó a su postre remolino de sensaciones, en honor al manzano aquel, a sus queridas amigas con quienes experimentó los mejores y más alegres momentos de su vida y al abrazo aquel que las unió para siempre en medio de un remolino de sensaciones, pero fue en balde el nombre, el postre encantó a la gente de Viena, que llegaba y preguntaba por el remolino de manzana. Emma rompió toda relación con su familia, murió abrazada de su gato Peluso y con ella se perdió la historia del origen de este delicioso postre, pero hoy, se vuelve a revelar al mundo entero.
Por puritito deseo
Si, ya sé que en este momento, aparecerán los detractores en contra de esta versión, vale, acepto que no es verdad, me lo inventé, acaso es mi verdad, esa que ha surgido desde mi deseo, ese que me empuja a creer que la vida puede ser mucho más que un valle de lágrimas, ese que no se resigna a toda esta de mierda de guerras, simulaciones, abusos y destrucción que vivimos, ese que cree que podemos construir un mundo mejor privilegiando una de las relaciones más sólidas, importantes, nutricias y duraderas como la amistad, ese deseo que está convencido que el strudel de manzana es tan delicioso que merece un origen y una historia mejor. Y tú… ¿qué deseas hoy?
Tu pregunta de cierre me lleva a una respuesta muy pedestre frente al strudel de manzana: el arroz con leche con su canelita molida y sus pasas de uva. Así que prefiero trascender mi deseo y pasar a la reflexión: me has regalado con tu arte un triple método para sanar el alma, la mente y darle gusto al cuerpo: desde lo literario a lo gastronómico y a lo terapéutico. ¿O desde lo gastronómico a lo literario y de ahí a lo terapéutico? ¿O …? Como sea… Todo un método. Gracias!
ResponderBorrarMe encantó, me imaginé ese manzano la risa de las niñas y sobre todo la reflexión que dejas abierta el contexto puede ser como lo queramos definir, todo depende de cómo lo queramos manejar y desde el deseo.
ResponderBorrarEstoy segura que en Zacatlán vuelan muchos pájaros-niñas, pero no nos habíamos dado cuenta. Ahora con esta maravillosa historia, habrá que observar con detenimiento el cielo poblano para platicar con ellas, justo cuando estén en pleno vuelo y pedirles que nos canten con su corazón de manzana.
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