domingo, 4 de mayo de 2025

Cuando nos convertimos en sacos de nostagia.

    


A pesar de mi personalidad introvertida y tímida, sobreviví a la infancia, odié la adolescencia, es una etapa que no recuerdo con ningún afecto, el bachillerato fue aceptable. El mejor momento fue llegar a la Universidad, aprendí de filosofía, reflexioné y cuestioné muchas cosas que daba por sentadas.

    En esa época tenía dudas sobre mi preferencia sexual, pero lo acepté una década más tarde, a pesar de las malas decisiones y uno que otro descalabro terminé convirtiéndome en una mujer adulta orgullosa de si. 

    Cursar la primaria no fue fácil, más allá de mis problemas para socializar, tuve lento aprendizaje, me costó tanto aprender a leer, pero cuando lo logré me refugié en un montón de libros, uno diferente me acompañaba cada noche bajo la almohada, no era la mejor literatura, pero gracias a ellos aprendí a leer rápido, llegando al bachillerato mi lugar favorito era la biblioteca.

    También me evadí con un montón de plástico alemán de la marca Playmobil, mis padres me regalaban cada día de reyes y en cualquier otro momento cuando tenían oportunidad. 

    Llegué a tener un enorme bote amarillo lleno de esos juguetes,  de diferente temática, aún conservo unos pocos, esas pequeñas figuras de 7.5 centimetros se convirtieron en compañeros de juegos, crecieron conmigo, me sumergía en su tímida sonrisa para no encarar el miedo que tenia cada día por salir al mundo.

    Actualmente me auto proclamó coleccionista pro, maquillando la realidad de ser un adulto con carencias afectivas y vacíos existenciales que compensa con esa obsesiva compulsión por acumular objetos, pero bueno, eso da para otro relato. 

    Abrazo a esa pequeña que muchas veces se sintió abandonada, diciéndole, “a pesar de todo, lo lograsté”. Eres fotógrafa, has viajado, estudiaste en la UNAM, en el campus que tú querías, más allá de tu neurosis tienes varios talentos. Alfonso, tu hermano mayor se ha preocupado por ti, gracias a sus cuidados has vivido tranquila durante los años recientes. 

    Tienes pocos amigos, pero cada uno ha demostrado que te quiere, te apoyan incondicionalmente, con su tiempo, sus consejos y su compañía. Dos de mis ex parejas se han convertido en personas especiales en mi vida, actualmente compartes el andar con una hermosa e inteligente mujer con la que disfrutas el quererse bonito sin complicaciones ni dramas. 

    
    En ese contexto fue el día del niño, obviamente me sumergí en mis recuerdos, pero por alguna razón que aún no comprendo, este 30 de abril fue diferente, agradezco que mi madre siga viva, tal vez sea esa ansiedad de pensar en el futuro, esa frase que pesa pero escuchas ocasionalmente, “tal vez sea el último año”, la cercanía con la muerte me hace verla de forma inevitable, no por ello indiferente.

    Esa mujer, Gloria Quiroz Hernández, quien creció en un ambiente humilde,  con carencias e infortunio, se dedicó a que cada uno de nosotros tuviera una infancia feliz. Quería una familia numerosa, tuvo 7 embarazos, 8 hijos, sobrevivimos 3.

    No faltan los malos momentos, pero muchos recuerdos están empolvados y hasta sublimados, pero hoy me centro en lo que añoro. 

    Aquel olor que invadía la cocina cuando preparaba panecitos de nuez en capacillos de color rojo, ahora soy quien hornea galletas de nuez y conservo ese viejo cuaderno de recetas. 

    Pero el recuerdo que más evocó es una lata metálica enorme de Choco Milk, dos kilos de “chocolate” en polvo. Ella se encargó de adornar con encaje, tela de cuadritos y la figura de un pez. Su contenido me acompañó en muchos momentos, eran un montón de trozos de madera de diferente tamaño, pintados con colores chillantes. Tal vez eso explique el romance  que he tenido siempre con la madera, sus matices y olores. Sin duda soy un animal de costumbres que se aferra a los  momentos.
 

    Lo importante de esta reflexión es que nos toca perdonar y abrazar nuestro pasado, disfrutar el momento, pero sobre todo fincar nuestro futuro. Es un cliché; pero sin duda cada año nos acercamos al inevitable final, tenemos menos oportunidades para regocijarnos, abrazar a las personas que amamos, apapacharnos con esa comida o bebida favorita, seamos conscientes y construyamos el  adulto que hubiéramos querido tener a nuestro lado cuando éramos niños.



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