Mi pequeño Sergio, naciste un dos de febrero del año dos mil tres, un problema congénito de corazón marcaría tu andar, tu esperanza de vida nunca fue alta. Tenías un año de edad cuando pasaste un mes en el hospital, pese a todas las limitaciones sobrellevaste la infancia, querías correr, saltar y hacer un montón de cosas que te resultaban imposibles, pero siempre te reponías, eras muy inteligente y cariñoso.
Siempre
quise estar más cerca de ti, la distancia, un sinfín de malas decisiones no
ayudaron, pero recuerdo esas tardes que pasabas en mi casa, esos recorridos por
el centro, Chapultepec, ir al café. Subir a la torre Latinoamericana, ir a comprarte
tu primer par de antejos, al ponértelos dijiste, “el mundo se ve más bonito,
las nubes más claras, me siento bonito y mareadito.
Los sentimientos se agolpan, hace apenas once días de tu partida, cada recuerdo me sacude y me
reconforta. Uno de los que más atesoro es en aquel lejano mayo del 2005, la primera
vez que fui a dar al hospital de gravedad, logré recuperarme, el día que me
dieron el alta, fuiste el primero que corrió para verme. Tenias dos años, llegaste
a mí, abrazaste mis piernas, sentí tu cariño y emoción al verme.
La vida siguió su curso, siempre te amé, fuiste el hijo que nunca tuve. Significabas tanto en mi vida, por eso en enero del 2017 decidí darte el mejor regalo que en ese momento podía darte, un viaje a Nueva York. Cuando te enseñe el boleto en el celular lloraste de la emoción.
Fue lindo viajar contigo, aunque pudo ser mejor, comimos pizza, compramos todos
los funkos que quisiste, hace un año me pediste que te llevara de nuevo, pero
la muerte nos recuerda que no hay garantía de nada, ese viaje se quedó en el tal vez.
Entre
ese viaje a la actualidad hay ocho años de diferencia, un infarto, la pandemia,
muchos silencios entre nosotros, un par de reuniones al año, los mensajes esporádicos,
yo inmersa en mis problemas, tú lidiando con los tuyos, pero entre ese montón de indiferencia, me concentro en la emoción con la que me contabas que habías encontrado lo que te hacia
feliz, estabas en una carrera que te gustaba, conociendo muchas personas, tenías
planes, ir a la playa, ir a NY.
Te sentías pleno, moriste cuando menos lo esperábamos, pensé que terminarías los estudios, pondríamos un negocio juntos y en algún momento tendrías hijos, eras un tipazo.
Te
amo…


Nunca hay palabras para estos momentos, sabe una que tarde que temprano nos llega la muerte, pero jamás se está lista, ni para morir ni para ver morir a otr@s y más si les amamos. Gracias por compartir y ofrendar a tu sobrino este pensamiento, que más que pensamiento, este sentimiento en voz alta. Te abrazo fuerte Lety.
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