Sólo la enfermedad nos ancla en el presente, en la intensidad
del “aquí y el ahora”, en el dolor que separa sentimiento y razón. El
padecimiento físico se convierte en lucidez existencial. Sólo a través de la enfermedad
nos desconocemos.
Emil Cioran
La única certeza que tenemos al nacer es la promesa de la
muerte, a pesar de ello nos negamos a pensarlo, no existe la cultura de
prevención o de la planificación para cuando ese momento llega, a pesar de ser un
país que presume de burlarse de la muerte cada mes de noviembre.
Nos aterra pensarnos,
fríos e impávidos, pero más nos aterra pensar en la partida de nuestros seres
queridos, más nos valdría preocuparnos por el proceso que nos llevará a la
muerte. Somos un cúmulo de huesos, músculos y dolencias que pueden colapsar en
cualquier momento de nuestra existencia.
Nunca estaremos
preparados para ver nuestro organismo disminuido, sentir que ya no somos, nos
enfrentamos a una serie de cambios y limitaciones que en algunos casos nos
hacen desear la muerte.
Un sentimiento egoísta
pero reparador, no queremos lidiar con la incertidumbre del futuro. Hace más de
un año me volví parte de la estadística en México que lleva cuenta de 170 mil
infartos cerebrales, de
acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), es considerada la segunda
causa global de muerte en el mundo.
Mi
infarto no fue catalogado como grave, poco más de un año he superado las peores
secuelas, aún no me siento la misma, pero una parte de mi lo agradece, mi
percepción de la vida, de la inmediatez, de mis afectos ha cambiado
abismalmente.
Al
igual que André, el personaje de la última película de uno de mis directores
favoritos, Francois Ozon, Tout s´est bien passé (Francia, 2021), morir es lo de
menos, el miedo se desvanece, prefieres morir antes de convertirte en un bulto,
una carga, un ente venido a menos, que no es capaz de hacer las cosas más
cotidianas de la vida.
Dentro
de sus posibilidades el personaje tiene el privilegio de morir a su modo, pocos
mortales tendremos los recursos para elegir, cómo y cuándo, él lo deja claro,
“pobrecitos los que tienen que esperar para morir”.
La
muerte asistida aún tiene muchos recovecos legales, que decir de los temas
éticos y religiosos. Como bien dice André, es mi decisión, lamentablemente se
puede hablar de menos de 10 países en todo el mundo en donde se permite. Un
suicidio asistido puede acarrear penas económicas y la cárcel. Tampoco es un
procedimiento barato, en Suiza alcanza un coste de 10,000 euros, pero, ¿Qué conlleva ese tipo de decisión?
Para
personas que hemos estado en situaciones límites, sin lastres religiosos,
simplemente significa un camino, el cierre perfecto para una vida plena o tal
vez no lo fue, pero fue una vida.
En
México se han conseguido ciertos logros, hay la posibilidad de llenar el Formato de Voluntad Anticipada ante el personal de salud, firmando ante dos testigos con un representante que se encarga de seguir las indicaciones según corresponda.[1]
Pero tiene sus limitantes, la voluntad anticipada puede ser entendida como, “la decisión que toma una persona de ser sometida o no a medios, tratamientos o procedimientos médicos que pretendan prolongar su vida cuando se encuentre en etapa terminal y, por razones médicas, sea imposible mantenerla de forma natural, protegiendo en todo momento la dignidad de la persona” (Art. 1 de la Ley de Voluntad Anticipada para el Distrito Federal) “.
Es decir, el cuerpo no será reanimado, pero
no tienes la posibilidad de optar por un suicidio asistido para terminar tus
días con dignidad.
Más allá de consumar la muerte, también hay que decidir qué
hacer con el cuerpo, lo que implica otro tramite, puedes optar por ser donante
de órganos y facilitar la vida de otros seres humanos, si es que a pesar de tus
dolencias algunos órganos son viables, otra opción es donar tu cuerpo en el
Programa de Donación de Cuerpos de la UNAM, esto con fines médicos y enseñanza[2].
La segunda opción puede ser un cierre conflictivo para la familia, por ello hay
que realizar un trámite, entregando la documentación que avala la decisión.
Morir implica más de una posibilidad, si queremos al menos acariciar un fin acorde a nuestros deseos es momento de detenernos un segundo, por muy chocante que resulte la idea, planear que será de nosotros, tal vez no tengamos la posibilidad de decidir cómo morir, pero tenemos la opción de elegir que será del cuerpo que nos permitió reír, amar, follar, llorar y disfrutar con cada una de las personas importantes de nuestra vida.
¡Salud por
la vida, deseando que todos acabemos con una copa de vino en la mano!
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